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Para qué sirve la Geografía: la ordenación del territorio

Publicado por Santiago

La utilidad de la Geografía para la ordenación de territorio es cada día más evidente, hasta el punto de que en muchas facultades universitarias la titulación se denomina «Geografía y Ordenación del Territorio»; pero esta dimensión de la Geografía choca con la labor política, por lo que conviene precisar cuál es la función de la Geografía en la ordenación de territorio, y cuál es la función de los políticos electos, que no tienen porqué ser geógrafos.

Commons Wikimedia: Construción de la Variante de Pajares (La Pola de Gordón, León, España)

En realidad, desde la Geografía, no está muy claro qué implica asumir esta labor, debido a que no está universalmente definido qué es eso de la ordenación de territorio. Existe multitud de puntos de vista, que dependen, en muchas ocasiones, de las leyes y la relación entre el ciudadano y los poderes públicos. El hecho de que sobre en la ordenación del territorio intervengan los políticos y la administración implica que están presentes leyes, decretos, acuerdos y demás instrumentos jurídicos y políticos. Así, el geógrafo que se enfrente a la ordenación del territorio no sólo debe aplicar los conocimientos propios de la Geografía, sino también del entorno legal en que desarrolle su labor.

Algo sí debe quedar meridianamente claro para todos y es el concepto de paisaje ordenado: «un espacio organizado por una sociedad con un tipo de economía y unos medios jurídicos y técnicos». Es decir, quien toma la decisión de cómo se ordena el espacio es la sociedad, a través de los políticos y las leyes, no el geógrafo. La labor del geógrafo es estudiar y presentar cómo las distintas opciones posibles tiene ventajas y inconvenientes, y todo lo más sugerir la más razonable, bien desde el punto de vista técnico bien de las aspiraciones de la sociedad.

¿Cuáles son las aportaciones que puede hacer la Geografía a la ordenación del territorio? Pues en primer lugar el estudio del territorio, desde todos los puntos de vista en que la Geografía aborda el espacio geográfico, pues no otra cosa se esconde bajo la palabra «territorio». La Geografía permite un estudio integral y completo del territorio, tanto del que se pretende ordenar, con su límites políticos, como de las interacciones fuera de este espacio acotado.

En segundo lugar, la Geografía viene estudiando cómo se organiza el territorio, cuáles son los flujos, las redes, los nodos, la jerarquía, etc., que se dan en él, y las interacciones que se producen. Sabiendo esto, al geógrafo le resulta muy fácil determinar qué dentro del territorio funciona mal y cómo se podría organizar mejor. Esto es vital para la ordenación del territorio, conocer qué y dónde se han de hacer las cosas.

En ocasiones se tiene la tentación de pretender que la ordenación del territorio obedezca a un método de planificación igual para todos, y de esta manera se hacen leyes que nos obligan a una determinada ordenación. Pues bien, otra de las labores del geógrafo es interpretar y adaptar estas reglas generales al espacio concreto sobre el que han de implantarse; ya que este no es isotrópico, pero así lo han de suponer las leyes que han de aplicarse a todos.

El geógrafo no debe de desconocer que el territorio ya tiene un orden, una organización del espacio que se remonta en el tiempo, y que es posible estudiar, también, con métodos históricos. Esta ordenación histórica tiene un valor en sí misma para la sociedad, y debe respetarse en la medida que sea posible. Exagerando: a nadie se le ocurriría derribar una catedral para hacer un centro comercial aunque ese esa, objetivamente, su mejor ubicación. Así, existen otros usos del territorio que tiene un valor importante para la sociedad y que desea conservarlos.

De la misma manera que existen usos a preservar hay que tener en cuenta que los valores de la sociedad cambian, y que algunos usos pueden convertirse en un impedimento para su desarrollo. Un ejemplo paradigmático fue el derribo de las murallas a finales del siglo XIX para organizar la expansión de las ciudades europeas. De esta manera, hay que ponderar, lo más objetivamente posible, entre lo que hay que conservar y lo que puede convertirse en un obstáculo. En general, es la propia sociedad la que nos indica cuáles son sus valores prioritarios, a través de asociaciones, plataformas y organizaciones de ciudadanos que piden o se oponen a determinados proyectos.

Estudiadas la posibilidades de ordenación del territorio comienzan a intervenir otros sectores que también hacen su análisis, plantean problemas y ofrecen soluciones que pueden ser diferentes a las del geógrafo. No sólo es que el político sea quien tome las decisiones, también hay un factor de coste del proyecto, y deben intervenir arquitectos, ingenieros, constructores, diseñadores, artistas, etc.

Para terminar hay que tener en cuenta la escala a la que actúa la administración que toma las decisiones. No es lo mismo la ordenación del territorio desde un municipio, que desde una provincia, comunidad autónoma, la nación o instituciones supranacionales. Cada una de ellas tienen unas competencias y unas necesidades, que en ocasiones entran en conflicto.

Y una última reflexión: Ante todo y sobre todo, la ordenación del territorio debe de servir para promover el desarrollo de la sociedad, permitiendo la explotación de los recursos y mirando por el bienestar de los ciudadanos. Y debe de tener dos condiciones: que resuelva los problemas actuales y que, razonablemente, se convierta en motor de desarrollo en el futuro.

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